Historia y ritual

Historia de las Coronaciones Canónicas

La costumbre de representar a María Santísima con corona parece iniciarse a raíz del reconocimiento y defensa de la Maternidad Divina de María y su título de Madre de Dios (Theotokos) durante el Concilio de Éfeso (celebrado entre el 22 de junio y el 16 de julio del año 431).

Se invoca a María como reina ya que es la Madre del Hijo de Dios y Rey Mesiánico profetizado por Isaías. Ya apenas ha concebido al Rey de Reyes, su prima santa Isabel reconoce en Ella el título de reina recogido en sus palabras “Madre de mi Señor” al no considerarse digna su visita. María también es reina por su íntima relación con la realeza de Cristo y por sus méritos como corredentora del género humano

La Santa Madre Iglesia no ha dudado en afirmar repetidamente la legitimidad del culto tributado a las imágenes de Cristo, de su Madre y de los santos y con frecuencia ha orientado a los fieles sobre el significado de este culto.

La veneración de las imágenes de Santa María Virgen frecuentemente se manifiesta adornando su cabeza con una corona real. Los Romanos Pontífices no sólo secundaron esta forma de piedad popular, sino que, además, personalmente o por medio de Obispos por  ellos delegados, coronaron imágenes de la Virgen Madre de Dios ya insignes por la veneración pública.

En la segunda mitad del siglo XVI y, sobre todo en el  siglo XVII nos encontramos los inicios de esta costumbre, gracias al labor de dos personas, el franciscano capuchino  Fray Jerónimo Paolucci (conocido como el “Apóstol de la Madonna”, nacido en Caboli da Forli en 1552 y fallecido en 1620), famoso por sus predicaciones, terminándolas imponiendo una corona en la imagen de la Virgen más venerada en el lugar donde realizaba su labor pastoral.  Otros frailes de su orden quisieron seguir este ejemplo y fundaron la “Pía Opera dell Incoronazione”.

La otra persona quien hemos de referirnos es el Conde D. Alejandro Sforza Pallavicino de Piacenza (falleció el 3 de Julio de 1636.), que fundó a comienzos del siglo XVII, una obra que se propuso en darle orden y realce en todo el mundo a las coronaciones de la Virgen Santísima, y con esta distinción especial, guardar memoria en un registro que se abrió en la Basílica de San Pedro de Roma, a favor de “Promover el culto de la siempre Virgen Madre de Dios; y para alentar la piedad de los fieles con las imágenes de la misma Santísima Señora”.

Al legar su fortuna el Conde Sforza, se estableció el Capítulo de San Pedro (en 1593) , como el organismo competente para conceder el rango de canónica a la coronación de una imagen de la Santísima Virgen, y con ello se comprometían a adquirir la áurea presea, con el peculio obtenido de la donación hecha por el piadoso noble. El Conde Sforza, dejó establecido que las coronaciones debían concederse a las veneradas imágenes y pinturas de Nuestra Señora que hayan reunido tres criterios a ser estudiados por el Venerable Cabildo de San Pedro:

–         Antigüedad en la veneración de la Imagen

–         Popularidad de su culto

–         Cantidad de milagros atribuidos a su intercesión.

Pues bien, también se pidió que en la corona sufragada con la fortuna legada por el Conde para este fin, se colocara el escudo de la Casa Sforza, a la que el Cabildo Vaticano también hizo inclusión de su respectivo escudo.

El primer caso de coronación sufragada por el Conde Sforza tiene lugar el 27 de Agosto de 1631, acordando el Capítulo de San Pedro la coronación de la imagen de “Santa María della febbre”, venerada en una de las Sacristías de San Pedro en Roma.

Entre las primeras imágenes que recibieron este privilegio de la Santa Sede, encontramos a Nuestra Señora Salus Populi Romani (también conocida bajo las advocaciones de “Santa María la Blanca” o “Santa María la Mayor”) de manos de Clemente VIII, la cual fué singularmente coronada en otras dos ocasiones mas, la segunda coronación la efectuó Gregorio XVI y se realizó el 15 de Agosto de 1837, y por último S.S. Pío XII el 1 de Noviembre de 1954, proclamando la Realeza de María, instituyó la fiesta Litúrgica del Reinado de María y promulgó el documento principal del Magisterio acerca de la dignidad y realeza de Maria, la Encíclica Ad coeli Reginam (Oct 11, 1954). 

Otras célebres imágenes en Europa recibieron la diadema de Reina, como Nuestra Señora de Oropa en 1620, Nuestra Señora de Czestochowa el 8 de Septiembre de 1717 por el Papa Clemente XI, y Santa María del Popolo el 3 de mayo de 1782 por el Papa Pío VI.

En España es en el último cuarto del último cuarto del siglo XIX,  cuando comienza a concederse las primeras Coronaciones Canónicas a las imágenes de Ntra. Sra. de la Veruela en Aragón y Ntra. Sra. de Montserrat en Cataluña, ambas en 1881; otras imágenes coronadas a partir de ese momentos serás la de Begoña (Bilbao, 1900), Nuestra Señora de los Reyes (Sevilla, 1904), Nuestra Señora del Pilar (Zaragoza, 1905), la Virgen de la Cabeza de Andújar, coronada la primitiva imagen en 1909 y en 1960 la actual. En 1913 fue coronada la Virgen de las Angustias, patrona de Granada. El 24 de septiembre de 1916 la Imagen de Nuestra señora de la Fuencisla (Segovia), el 21 de octubre de 1917 nuestra Patrona y  más tarde, en 1919 la Virgen del Rocío (Almonte), entre otras

El ritual de imposición de la Corona en las imágenes marianas, se ha mantenido desde el siglo XVII hasta el XIX sin variaciones, salvo la extensión universal de la misma, la elaboración de las coronas en sus respectivos lugares de veneración, y el requisito que para coronarse a una imagen mariana por lo mínimo debía tener 50 a 70 años de antigüedad.

Será en1981, cuando se faculte a los Obispos diocesanos para conceder la Coronación a las imágenes que se veneren en sus respectivas jurisdicciones, quedando establecidas tres clases de coronación.

Coronación Canónica Pontificia.- que otorga la Santa Sede en Roma, por la importancia que esta tiene, simplemente se le considera como Canónica, y tiene mayor peso sobre sus similares.

Coronación Canónica Diocesana.- que otorga la Diócesis en una Ciudad o País.

Coronación Litúrgica.- aquella que no necesita de permiso alguno, que la realiza cualquier eclesiástico y puede llegar a ser elevada al rango de Canónica Diocesana.

El Rito de la Coronación

El acto propio de la Coronación se caracteriza por la solemnidad de su celebración. Se inicia con la Procesión de Entrada en la que figurará la Corona portada de forma reverente y que será ubicada en un lugar destacado en el presbiterio (o espacio que cumpla sus funciones) y donde pueda estar a la vista de todo el públicos asistente a la ceremonia.

El Oficio será una Olemne Misa Pontifical que discurrirá con normalidad hasta después de la Proclamación del Santo Evangelio, ya que a continuación se desarrollará una Homilía  pronunciada como panegírico, que versará sobre María como Madre del Mundo y de la Iglesia y se exaltarán las glorias y reinado de María. Terminada la misma, se realizará el rito de Coronación. Las coronas deberán ser presentadas por los padrinos, quienes llevarán la corona hasta la presencia del Obispo, que despojado de la Mitra, recitará la invocación correspondiente, en acto reverente, todos los eclesiásticos se pondrán de pie; acto seguido se le rociará el agua bendita sobre la presea, con ella bendiciendo esta corona, también bendice la labor de todos los que hicieron posible este acontecimiento, a continuación, y acompañado de un clérigo u otra persona, se dirigirá hasta la Santa imagen e impondrá sobre las sienes de la imagen la Corona (si la imagen mariana porta a la imagen de Cristo, deberá imponérsele primero la corona a dicha imagen).

Una vez impuesta la corona sobre la Reina y Señora, se canta una antífona, canto mariano o el Himno de la Coronación que ensalce la Realeza de María, culminando con la incensación que realiza el Obispo a la imagen coronada. 

Tras este acto, continúa la Eucaristía como de costumbre y, al finalizar la Santa Misa, como homenaje público para la sagrada imagen, será portada en procesión triunfal, en reconocimiento general del privilegio que se ha concedido a esta efigie mariana.